miércoles, 21 de noviembre de 2007

Generaciones literarias

Introducción
Durante muchos años, se ha establecido una clasificación de la literatura guatemalteca basándose en las llamadas “generaciones literarias”. Como referente, se pueden tomar en cuenta los tres tomos de la Historia de la literatura guatemalteca de Albizúrez Palma y Barrios y Barrios, en donde se utiliza esta clasificación. De ahí, cualquier esfuerzo por clasificar la literatura guatemalteca, siempre ha estado ligado a este concepto.
Sin embargo, la mayoría de estudios críticos e historiográficos de la literatura guatemalteca se trunca aproximadamente en la década de los setenta u ochenta, dejando a un lado los criterios de clasificación, debido a múltiples variables.
En la ya referida Historia de la literatura guatemalteca, se ofrece una posible explicación a tal fenómeno:
En la literatura guatemalteca se utiliza el término generación para analizar la producción literaria del siglo XX. Se acostumbra mencionar la generación de 1910, la de 1920, la de 1930, la de 1940. Con menor precisión se habla de la generación del 50, de la generación de los años 60, de la generación de los años 70. Sucede que, en perspectiva histórica, resulta posible discernir claramente las condiciones históricas, la ideología y los autores correspondientes a las cuatro primeras generaciones mencionadas. (...) Por otra parte, la historia toda en Guatemala, después de 1944, tiende a periodizarse a base de determinados acontecimientos que polarizan a los guatemaltecos, antes que a través de cifras decenales. (2, 28)
La clasificación por generaciones literarias siempre ha servido como una referencia. Cabe decir que se ha utilizado para mostrar de una manera sistemática el fluir de la literatura guatemalteca en el siglo XX. Juan Fernando Cifuentes publicó sendos libros para la Generación de 1910 y de 1930, sin poder concluir, a su muerte, la serie de libros basados en esta clasificación.
En Internet, la Página de la Literatura Guatemalteca, de Carlos Escobedo Mendoza, utiliza esta clasificación. Sin embargo, otros estudios críticos han preferido basar sus estudios en autores como hitos. Como ejemplo, se puede mencionar la Historia crítica de la novela guatemalteca de Seymour Menton, y La identidad de la palabra de Arturo Arias, quienes prefieren estudiar autor por autor sin encasillarlos en generaciones.
En cualquiera de los casos, la mayoría de estudios críticos historiográficos no ha iniciado el estudio de las obras de las últimas décadas. De hecho, la clasificación por generaciones literarias se rompió a partir de 1944, en donde se puede registrar a la “última generación” identificada.
El propósito de la presente entrega es revisar la clasificación por generaciones de la literatura guatemalteca, y establecer un modo de clasificación de ésta para los últimos cuarenta años del siglo XX.
Las generaciones literarias
De acuerdo con la definición ofrecida en la Historia de la literatura guatemalteca, se define de la siguiente forma:
como un grupo de escritores de edades aproximadas que, participando de las mismas condiciones históricas, enfrentándose con los mismos problemas colectivos, compartiendo una misma concepción del hombre, de la vida y de Universo y defendiendo valores estéticos afines, asumen lugar relevante en la vida literaria de un país, más o menos por las mismas fechas. (1, 27)
La literatura guatemalteca se ha basado en dos clasificaciones: la primera, desde sus inicios hasta finales del siglo XIX, o por la corriente literaria. De esa cuenta, se ha establecido que hay una literatura precolombina, colonial o neoclásica, romántica y modernista.
La segunda, a partir del siglo XX, que, debido a la complejidad de las tendencias literarias, se ha clasificado más bien por generaciones literarias. Para Albizúrez y Barrios, las generaciones del siglo XX fueron: Generación de 1910, de 1920, de 1930, de 1940 y de 1950. Para Escobedo Mendoza, la literatura guatemalteca se clasifica en los mismos anteriores, aunque agrega los nombres de cada una de ellas.
Cifuentes ofreció un bosquejo de las generaciones, e incluso llegó a denominar una Generación de 1990. Sin embargo, su estudio no fue concluido, por lo que no quedó demostrado este criterio de clasificación.
En una tabla, se puede observar los distintos criterios de clasificación por generaciones, y las críticas por las que es dificultoso analizarlo de dicha forma:
Generación
Según Albizúrez y Barrios
Según Escobedo Mendoza
Según Cifuentes
Suceso histórico-social que fundamenta la generación
1910
Generación del Cometa
Generación del Cometa
Generación del Cometa
1910: pasa por Guatemala el Cometa Halley.
1920
Generación de 1920
Generación de 1920
Generación Unionista
1920: La caída de Manuel Estrada Cabrera
1930
Los Tepeus
Los Tepeus
Los Tepeus
Ninguno. El inicio sería el manifiesto del grupo.
1940 (aunque formado en 1941)
Grupo Acento
Grupo Acento
Grupo Acento
Ninguno, aunque se les adjudica la caída de Jorge Ubico
1950 (aunque formado en 1947)
Grupo Saker-Ti
Grupo Saker-Ti
Grupo Saker-Ti
La Revolución de 1944.
1960
Ninguno
Ninguno
Grupo La Moira
1970 (1968)
Nuevo Signo
Nuevo Signo y La Moira
Nuevo Signo
Ninguno
1980 (1978)
Ninguno
Rin-78
Rin-78
Ninguno
1990
Generación X
Ninguno
Además, queda una enorme confusión, debido a que hay grupos de escritores que no cabrían dentro de la clasificación. Como se observa, incluso hay contradicciones entre los inicios de los grupos, o entre los grupos que deberían ser llamados como la generación de tal década.
La “moda” de clasificar por generaciones, probablemente, llegó desde España, luego de que grupos de escritores se autonombraran “generaciones”, como la de 1898, la de 1927 y la de 1936.
El poeta español Pedro Salinas revisó los conceptos de generación literaria para observar si ciertamente la llamada Generación del 98 de España debería ser clasificada como tal. Para ello, cita al teórico Petersen, quien había formulado siete condiciones para que se forme la generación:
coincidencia en nacimiento en el mismo año o en años muy poco distantes (22, 28);
la homogeneidad de educación (22, 29);
el trato humano, las relaciones personales entre los hombres de la generación (22, 29);
acontecimiento o experiencia generacional. Es un hecho histórico de tal importancia que, cayendo sobre un grupo humano, opera como un aglutinante y crea un estado de conciencia colectivo (22, 30);
caudillaje (22, 31);
un lenguaje generacional (22, 32), y
aniquilamiento o parálisis de la generación anterior (22, 32).
Si se revisan bien los grupos de cada una de las generaciones con las que se ha clasificado la literatura guatemalteca, se podrá observar que uno de los criterios para formarla es la contemporaneidad y la coetaneidad. Sin embargo, entre el resto de condiciones empieza a haber contradicciones. Por ejemplo, casi ninguno cumple con fundamentarse en un hecho histórico que les dé conciencia de grupo literario, o con la condición de romper con la generación inmediata anterior, las cuales son sumamente necesarias para el establecimiento de una generación.
En cuanto a la condición del hecho histórico que fundamente la generación, se puede observar que en la Generación de 1910, el hito es el paso del Cometa Halley en Guatemala. Pese a que esto sí sucedió, el acontecimiento no motivó a los literatos a integrar un grupo. Para la Generación de 1920, que se forma a raíz de la caída de Manuel Estrada Cabrera, este hecho no se refleja en el estilo de la literatura de la supuesta generación.
Tomando en cuenta sólo esas dos condiciones, se puede declarar que las clasificaciones no deberían ser tomadas como absolutas. Por ejemplo, sólo el Grupo Saker-Ti estaría fundamentado en un hecho histórico que les creó conciencia, pero no motivó a un cambio que impactara la literatura.
Sin embargo, las clasificaciones siempre son importantes, pues permite ordenar la literatura guatemalteca de tal forma que su enseñanza y posterior estudio, puedan ser sistemáticos. Por tal razón, la clasificación por generaciones literarias es una buena opción, siempre y cuando se reclasifique. Readecuando la literatura guatemalteca, según las características de las generaciones, se podría plantear el esquema de la página siguiente:
Nombre
Años de nacimiento de autores
Formación
Acontecimiento
Caudillo
Lenguaje generacional
Aniquilamiento con generación anterior
Principales autores
Observaciones
Generación de la Independencia
1760-1780
Gente de clase alta o clérigos
La independencia de 1821
Jean-Jacques Rousseau
Conceptos de la Ilustración
Aunque no hubo una generación literaria anterior, técnicamente estaban en contra del sistema colonial
Pedro Molina, José Cecilio del Valle, Rafael García Goyena, Simón Bergaño y Villegas, y Antonio José Irisarri.
En este período, la literatura no estaba bien diferenciada del discurso político y del periodismo, pues los tres se regían por medio de las reglas del neoclasicismo.
Generación de los Conservadores
1780-1820
Gente de clase alta o clase media emergente
El rompimiento de la Federación Centroamericana y la creación de la República Guatemalteca (1847)
José Milla y Vidaurre
El Romanticismo
Distancia por el choque entre el neoclasicismo y romanticismo
José Milla y Vidaurre, José Batres Montúfar, Pepita García Granados y Juan Diéguez Olaverri
La mayoría de los escritores gozaron de los favores de Rafael Carrera, y formaron parte del gobierno, en labores afines a la escritura.
Generación Liberal o Generación de París
1890-1910
La mayoría se habría conocido en la Universidad de San Carlos, luego en los periódicos, y, eventualmente, se toparían en París
La Reforma Liberal de 1871. La sociedad cafetalera y explotadora de los indígenas fue el contexto histórico que los marcó.
Enrique Gómez Carrillo
Inicios en el modernismo. Algunos evolucionaron al surrealismo (Generación de París), y otros al regionalismo (Generación Liberal). La conjunción de ello dio como resultado el realismo mágico de Asturias
Distanciamiento marcado por las posiciones políticas con los conservadores (más evidente en Gómez Carrillo).
Generación de París: Enrique Gómez Carrillo, Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón y Arqueles Vela. Generación Liberal: Flavio Herrera, Rafael Arévalo Martínez, Francisco Méndez.
La mayoría tenía cierta comodidad económica, provenientes del nuevo cambio en el orden con la Reforma Liberal. Algunos tuvieron problemas con los dictadores, aunque casi no estuvieron envueltos en persecuciones. Muchos vieron a París como su ideal, viajando eventualmente a esa ciudad.
Generación de la Revolución
1920-1940
La mayoría se formó a través del autodidactismo. A la caída de la Revolución, muchos se exiliaron en México, país donde desarrollaron su carrera literaria.
La Revolución de Octubre de 1944.
Luis Cardoza y Aragón
Realismo mágico, literatura de protesta, formas experimentales.
La mayoría chocó contra el grupo anterior, especialmente contra Asturias.
Augusto Monterroso, Otto-Raúl González, Carlos Illescas, Otto René Castillo, José María López Valdizón y Mario Monteforte Toledo.
Generación del Nobel
1940-1950
Muchos tuvieron participación con la uerrilla guatemalteca, culminaron su formación.
La entrega del Nobel a Asturias y la muerte de Otto René Castillo (1967).
Miguel Ángel Asturias y Otto René Castillo.
Los juegos textuales del boom y la literatura comprometida
No existe un rechazo a la generación anterior. Lo que sí ocurre es la mutilación generalizada de la literatura guatemalteca debido a la guerra interna, a lo cual reaccionan los escritores.
Marco Antonio Flores, Mario Roberto Morales, Luis de Lión, Arturo Arias, Ana María Rodas.
Generación del Terremoto
1930-1950
Autodidactos. Generalmente, emigraron del campo a la ciudad.
El terremoto de 1976
Francisco Morales Santos, Luis Alfredo Arango
Búsqueda de una poesía nueva, con una denuncia social moderada para no entrar en conflicto con los grupos de poder.
No hay distanciamiento. De hecho, podría ser considera la misma generación, si se toma en cuenta las fechas de nacimiento. Sin embargo, los miembros de la generación anterior estaban exiliados o muertos.
Francisco Morales Santos, Luis Alfredo Arango, Marco Augusto Quiroa, Dante Liano, José Luis Villatoro, Enrique Noriega
Generación de la Paz
1960-1980
En las universidades, con mayoría en las privadas
La firma de los Acuerdos de Paz en 1996.
Estuardo Prado
Búsqueda de temas y recursos novedosos para la literatura.
Rechazan completamente el conflicto armado interno.
Rodrigo Rey Rosa, Estuardo Prado, Ronald Flores, Javier Payeras, Maurice Echeverría, Simón Pedroza.
Como no es motivo del presente trabajo exponer toda la literatura guatemalteca, sino que sólo la que abarca de 1960 a 2000, se explicarán los rasgos y las características de las generaciones Del Nobel, Del Terremoto y De la Paz.
Generación del Nobel
Antecedentes
De acuerdo con la clasificación planteada en estas páginas, la generación inmediata anterior a 1960 sería la Generación de la Revolución, formada a través del golpe de conciencia que las gestas de 1944 habrían formado.
El Grupo Acento, formado, entre otros, por Augusto Monterroso, Otto-Raúl González y Carlos Illescas, participaron activamente en los movimientos para derrocar a Jorge Ubico. Una vez constituido el gobierno de Juan José Arévalo Bermejo, estos escritores pasaron a formar parte del cuerpo diplomático. Asimismo, con la caída de Jacobo Arbenz Guzmán permanecieron en el extranjero en condición de exiliados.
Por su parte, el Grupo Saker-Ti, formado, para nombrar a algunas figuras, por Huberto Alvarado y Miguel Ángel Vásquez, formaron su estética a partir de las políticas del gobierno de Arévalo Bermejo, en las conocidas como las “Siete afirmaciones” (6, 67-71)
Los dos grupos deben clasificarse como la Generación de la Revolución, pues toman conciencia de grupo a partir de este acontecimiento. Como caudillo debe identificarse a Luis Cardoza y Aragón, quien había vivido y publicado en el extranjero, y regresa a Guatemala a raíz de la Revolución de 1944. Su liderazgo y aporte es evidente, porque él da apertura para la promoción de los jóvenes grupos a través de la Revista Guatemala.
Con esta publicación, que contó con pocos números, Cardoza y Aragón da a conocer a los nuevos valores literarios, pues, para el momento, poco o nada publicaron. Probablemente, de la Generación de la Revolución sólo habría que citar Voz y voto del geranio, de Otto-Raúl González, y algunas publicaciones sin mucha difusión de la Revista Acento.
Luego, aunque difieran en el año de nacimiento, en esta generación es más coherente incluir nombres como Manuel Galich, Mario Monteforte Toledo, Francisco Méndez, quienes publicaron anteriormente, pero que terminaron de definir su estética literaria a partir de la Revolución.
Asimismo, aunque con fecha posterior de nacimiento, también hay que incluir a José María López Valdizón, Otto René Castillo, Julio Fausto Aguilera, Melvin René Barahona, entre otros, que no formaron parte de Saker-Ti, pero sus características literarias son afines.
De tal suerte, que en 1960 el panorama literario en Guatemala era de la siguiente forma. El ideario político y social de la Revolución todavía era el ideal literario de los escritores. Como referencia se puede incluir el cuento Míster Taylor (1959) de Augusto Monterroso y La vida rota (1960) de José María López Valdizón, publicados, cabe decirlo, fuera del país.
Para 1960, además, la Revolución Cubana era noticia en todo el mundo, siendo uno de los referentes de los literatos hispanoamericanos, especialmente para aquellos a quienes se les conocería como del boom. Precisamente, 1960 se toma como el inicio del conflicto armado interno, con el surgimiento del MR-13 de octubre, denominado así por la fecha en que se inició el movimiento.
En cuanto a lo literario, como se comentó arriba, las publicaciones sólo eran posibles fuera del país, o bien en Guatemala, pero si el tema no era confrontativo. En una revisión de la Historia crítica de la novela guatemalteca de Seymour Menton, las letras nacionales sólo registrarían 36 novelas entre 1960 y 1967; entre ellas, diez se imprimirían en editoriales gubernamentales (por consiguiente, tenían cierta restricción en la temática); doce en editoriales privadas (destacando la Editorial San Antonio, con cuatro publicaciones); tres novelas publicadas en Guatemala por ediciones de autor; dos publicadas en Prensa Libre; una en la Universidad de San Carlos; tres en Buenos Aires, Argentina (todas de Miguel Ángel Asturias); cuatro en México, y una en Barcelona, España (edición del autor).
En cuanto al cuento, puede servir de referencia el ensayo “Una década de cuento guatemalteco 1960-70” de María del Carmen Meléndez de Alonzo, en donde da un panorama general de la narrativa breve de guatemaltecos:
En este período, nuestra literatura se aventura con dificultad en el medio desfavorable de un pueblo que no está acostumbrado a leer mayoritariamente, sin una política cultural de apoyo al escritor, sin facilidades de impresión de sus libros y una pésima distribución. Los escritores de la época en mención pueden optar por lograr el apoyo de la Editorial Universitaria, especialmente si son graduados y docentes de la misma. También pueden solicitar que se impriman en la editorial del Ministerio de Educación (Editorial José de Pineda Ibarra), lo que se logra más fácilmente si son personas con una trayectoria pública; es decir, si han sido funcionarios en algún ministerio o universidad, si son periodistas reconocidos, por ejemplo. Algunos escritores que ya habían trascendido las fronteras logran la impresión en el extranjero, lo que les garantiza una mayor difusión y conocimiento de su obra. Tal es el caso de Mario Monteforte Toledo, Augusto Monterroso y Carlos Manuel Pellecer, que imprimen su obra en México, y José María López Valdizón, en Cuba. Por último queda el recurso de mandar a editar por sus propios medios, lo cual forzosamente condiciona una edición mínima con una limitada circulación. Como es natural, de este último caso se puede señalar que, 30 años más tarde, estos libros difícilmente se consiguen, o su localización resulta imposible. (15, 95-96)
Tomando en cuenta la situación de la narrativa, como novela o cuento, se puede extrapolar la situación general de la literatura, pues la poesía y los textos dramáticos tenían menos espacios para ser publicados.
3.2. La construcción de la Generación del Nobel
El esquema en la década de los sesenta permanece más o menos igual. Fue 1967 un año clave para la literatura guatemalteca, debido a dos acontecimientos. El primero, el poeta Otto René Castillo muere asesinado extrajudicialmente, luego de haber sido capturado participando en operaciones de la insurgencia. El segundo, la entrega del Premio Nobel de Literatura a Miguel Ángel Asturias. De los dos hitos, se formará una mezcla importante que impactará a los escritores nacionales.
El poeta y militante de la insurgencia de El Salvador, Roque Dalton, observó en las figuras de Asturias y de Castillo dos tendencias excluyentes, no sólo para los escritores guatemaltecos, sino centroamericanos en general:
La muerte heroica de Otto René Castillo es la máxima prueba del respaldo que dio con sus hechos a la aceptación de que “El poeta es una conducta moral”. Hay a este respecto una comparación que salta a la mente y que desnuda la miseria de ciertos aspectos de la circunstancia histórica que les toca vivir a los pueblos centroamericanos, la máxima fidelidad al contenido de esa frase llevó a Otto René Castillo a la tortura y a la muerte. La más absoluta traición a los principios que esa frase involucra, ha llevado en cambio a quien la emitió y la acuñó, Miguel Ángel Asturias, a recibir los máximos honores de la sociedad burguesa: a la embajada parisina de la criminal dictadura militar guatemalteca que asesinó a Otto René Castillo, al goce, uso y usufructo del Premio Nobel de Literatura, en la ruta hacia el cual dicho sea de paso, hasta el nombre de Lenin fue vilipendiado. Pocos ejemplos más moralmente probatorios de que éste es un mundo que hay que cambiar por sobre todos los riesgos y todos los sacrificios. Para los escritores y artistas revolucionarios de Centroamérica esta situación ejemplificante se plantea como una alternativa: cualquiera que sea el grado en que lo asuman de ahora en adelante siempre tendrá que escoger entre el camino de Otto René Castillo y el de Miguel Ángel Asturias. Entre el camino duro y limpio de la revolución y el camino para muchos tentador que, en último término, lleva a la traición y al empocilgamiento. (5, 26)
Dalton pareció muy radical en su momento, pero, si se analiza con detenimiento, el doble hito (Nobel y asesinato) éste marcó la vida de los autores nacionales, incluso formando una conciencia de clase, la cual debe identificarse como el inicio de la Generación del Nobel.
El crítico y escritor guatemalteco Arturo Arias comentaba el texto de Dalton, y argumentaba que:
El fenómeno anterior ha tenido un resultado nefasto para la literatura guatemalteca contemporánea. (3, 92)
De hecho, Arias, junto a Marco Antonio Flores, Mario Roberto Morales y Luis de Lión deben considerarse los iniciadores de la Generación del Nobel. Por ejemplo, para Mario Roberto Morales, Asturias fue una de las principales motivaciones para empezar a escribir:
Empecé a escribir jugando, porque la verdad, a mí los escritores y los poetas me daban lástima, jamás soñé con ser escritor y valoré eso de escribir, pero ocurrió que el año 1967 estaba leyendo a Asturias y a Sartre, y mi padre murió en un accidente automovilístico; yo tenía 19 años y eso me sensibilizó, me puso en contacto con la brutalidad de la vida, yo seguía leyendo a esos dos autores. Viajaba a la costa, a Santa Lucía Cotzumalguapa, con el chofer de mi papá, y ahí comencé a jugar con las palabras, un poco alentado por los juegos verbales de Asturias y otro poco por las frases cortas de Camus en El extranjero, porque yo estudiaba el existencialismo francés y leía a Asturias, y entonces esos dos estímulos: la frase corta y los juegos verbales sobre una realidad que estaba viendo, me llevaron a hacer textitos de media página, y así fue como junté una colección de textos brevísimos, y surgió La debacle (13, 20)
El inicio del quehacer literario de esta generación debe ser registrado por el texto “Matemos a Miguel Ángel Asturias” de Mario Roberto Morales, publicado en revistas y diarios locales en 1973. De ese texto, el autor exponía la necesidad de buscar vías distintas a la literatura de Asturias, pues éste, con su calidad y reconocimiento mundial, podía deslumbrar fácilmente a los escritores jóvenes, haciéndolos caer en la imitación. En una nota a pie de página, Morales explica:
Esta frase resume la intención del trabajo, el cual fue resultado de una intensa tertulia literaria con Luis de Lión, Luis Eduardo Rivera y José Mejía, principalmente, y, de manera tangencial, con Enrique Noriega y Marco Antonio Flores. La arenga que da título al trabajo fue una ocurrencia de Luis de Lión y, de hecho, no pretendía ninguna originalidad porque sabíamos de parricidios literarios anteriores en América Latina. Pero a Luis, por ser indígena, le preocupaba mucho Asturias y su versión de la indianidad guatemalteca. Fue Luis quien dijo que a Asturias había que “matarlo” leyéndolo más, entendiéndolo profundamente, y aceptando que su aporte era, sobre todo, poético y literario y no social ni político (18, 762)
Como ejemplo de la imitación de los escritores guatemaltecos con respecto a Asturias, se podría citar la obra La sangre del maíz de José María López Valdizón, quien, a palabras de Seymour Menton:
inspirada en Hombres de maíz de Asturias, es un esfuerzo malogrado de captar la vida pueblerina de Guatemala mediante una mezcolanza de cuadros de costumbres, folklore maya, juegos lingüísticos y una defensa de la reforma educacional y de la agraria realizadas por los gobiernos revolucionarios de Arévalo y Arbenz. (17, 375)
Algunos del grupo, por ondear esa bandera de “matar a Asturias”, fueron más radicales. Famosa es ya la frase incluida por Marco Antonio Flores en su libro Los compañeros en alusión a esta ideología:
Técnica Universal Tecún Umán el de las plumas verdes, verdes, verdes, verdes, ese Miguel Ángel es un maricón, todas las mierdas que escribió sobre Tecún, es un chantajista sentimental y gordo: el de las plumas verdes, verdes, verdes, bien a pichinga ha de haber estado cuando escribió esa mierda. (11, 44)
Por su parte, la muerte de Otto René Castillo también será motivo para marcar el compromiso social que los escritores tenían la, entonces, obligación moral y social de aceptar. De esa cuenta, la mayoría de los escritores de esa generación tuvieron vínculos con la insurgencia; de hecho, algunos vivieron en el exilio y otros murieron por ello.
El texto de Mario Roberto Morales, “Matemos a Miguel Ángel Asturias”, puede servir de fundamento para establecer la Generación del Nobel. Sabemos, por la cita, quiénes formaban el grupo inicial: Mario Roberto Morales (1947), Luis de Lión (1940-1984), Luis Eduardo Rivera (1949), José Mejía (1939), Marco Antonio Flores (1937) y Enrique Noriega (1949). También, como se espera explicar más adelante, se podrían incluir en esta generación a Arturo Arias (1950) y Ana María Rodas (1937).
El rango de edades, para 1967, oscilaba entre los 17 y 30 años. Pese a que había bastante diferencia en algunos casos, tal como se establece en la cita, éstos sí formaron grupos de encuentros literarios y tertulias. Se sabe que, por ejemplo, Luis de Lión, para entonces de 27 años, compartía actividades con Mario Roberto Morales, de 20 años:
El anecdotario parrandero que tengo con Luis es enorme, pero ahora no viene al caso (13, 21)
Para 1967, ninguno de los autores había publicado nada, con excepción de algunos poemarios de Marco Antonio Flores. Sin embargo, como se entiende en el texto de Morales, sí tenían desde ya la inquietud hacia el ejercicio literario.
En 1970, Marco Antonio Flores estaría concluyendo su novela Los compañeros. Por los problemas editoriales ya mencionados arriba, Flores la publicaría hasta 1976, en la Editorial Joaquín Mortiz, de México. En 1973, Luis de Lión ganaría los Juegos Florales de Quetzaltenango, con su novela El tiempo principia en Xibalbá, publicada hasta en 1985 en Guatemala por Serviprensa; sin embargo, la novela ya circulaba entre los círculos literarios e intelectuales en copias mecanografiadas y manuscritas. En 1973, Ana María Rodas publicaría Poemas de la izquierda erótica, en Guatemala. En 1975, Enrique Noriega publica Oh Banalidad, en edición del autor. Mario Roberto Morales gana en 1977 el Premio Centroamericano de Bellas Artes con su novela Los demonios salvajes, que se publicaría hasta el año siguiente. Arturo Arias publicaría en la Editorial Joaquín Mortiz su novela Después de las bombas en 1979.
Entre la formación, se podría establecer que siguieron caminos parecidos. Entusiastas universitarios, buscaron en las tertulias complementar su formación literaria. Pronto, algunos se verían involucrados en la guerrilla (Flores, Morales y De Lión), en donde aplicarían filosofías marxistas y socialistas. Desde el exilio, complementarían su educación, especialmente en universidades extranjeras, hasta alcanzar doctorados en cultura o literatura (Arias, Morales, Mejía). En resumen, su formación se proyectaría en su literatura por asumir posturas ideológicas alternativas (como las políticas de izquierda, para Morales y Flores; el feminismo, para Rodas; el neocolonialismo, para De Lión, o la posmodernidad, para Arias).
En cuanto al caudillaje, debe aceptarse que fue Miguel Ángel Asturias el ideal estético por seguir, y Otto René Castillo, el ideal político. El lenguaje generacional común para todos los escritores es la inclusión de estrategias textuales de la nueva novela hispanoamericana, afines al boom y posboom, y a la posmodernidad.
El factor común es la presencia de Miguel Ángel Asturias. Menton se expresa de las novelas de este grupo de la siguiente forma:
En términos literarios, la nueva novela guatemalteca no se inicia hasta 1976 con la publicación por Joaquín Mortiz, en México, de Los compañeros de Marco Antonio Flores (1937), Desde 1976, no hay sino otras tres novelas que merecen agruparse, guardadas las proporciones, con Rayuela, Cien años de soledad y Tres tristes tigres. Me refiero a Los demonios salvajes de Mario Roberto Morales (1947) y El pueblo y los atentados de Edwin Cifuentes (1926) publicadas en 1978 y 1979, en Guatemala; y Después de las bombas de Arturo Arias (1950), publicada en 1979 por Joaquín Mortiz en México. Las cuatro obras, todas escasamente conocidas, se basan de una manera o de otra en variantes del “Señor Presidente” inmortalizado por Miguel Ángel Asturias y en los distintos movimientos guerrilleros emprendidos desde 1960. (17, 349)
Sin embargo, para Menton, tres novelas de éstas no deben ser consideradas como pésimas imitaciones de Asturias, sino que les otorga su valor propio:
A pesar del parentesco innegable con El Señor Presidente, Después de las bombas, igual que Los compañeros y Los demonios salvajes es una creación original. (17 362)
En fin, la configuración del grupo, indudablemente se empieza a formar con Marco Antonio Flores y Los compañeros, y Mario Roberto Morales y Los demonios salvajes, pues comparten características, los autores compartieron experiencias y problemas literarios en tertulias, y las preocupaciones, tanto temáticas como técnicas, son similares. A pesar de que Arturo Arias es menor en edad y Después de las bombas es de publicación posterior, Menton demuestra que existen semejanzas en las características de las tres novelas.
En cuanto a Luis de Lión, y su novela El tiempo principia en Xibalbá, se entiende estaba terminada para 1972, tal como signa en el final de la misma obra:
Faldas del Pacaya, mayo de 1970.
Faldas del Hunapú, junio de 1972. (7, 103)
La novela es, pues, contemporánea a las tres anteriores, pese a que permaneciera inédita hasta 1985, publicada póstumamente por Editorial Serviprensa. Para Arturo Arias, la novela empieza como una continuación asturiana:
La novela parece comenzar donde termina Asturias (o donde termina García Márquez), con un “viento fuerte”.
—Primero fue el viento... (3, 165)
En esta novela, al igual que las tres ya mencionadas, existen recursos novedosos para la época en las estrategias textuales. De hecho, se asume que está escrita de atrás para adelante, pues el prólogo (DE LIÓN, 98) está al final, y en el inicio se relata la conclusión de la novela. Para entonces, el autor no formaba parte de la insurgencia, pero el conflicto social y étnico sí estaba presente en la novela.
Por su parte, Mario Roberto Morales mencionó en un texto ya citado, que Enrique Noriega, José Mejía y Luis Eduardo Rivera formaban parte de esas tertulias literarias. Sin embargo, las publicaciones de Mejía y Rivera de esa época poco han impactado en la historiografía literaria de Guatemala. Formalmente, se debe aceptarlos como miembros del grupo, por las coincidencias en la relación personal, la formación, las posturas, etc., pero no comparten el estilo literario.
Por su parte, las publicaciones de Noriega de esa época sí fueron más conocidas, pese a que fueron ediciones de autor. Sin embargo, por las características, este poeta se acerca más a la estética de la generación posterior, tal como se leerá más adelante.
Por último, aunque Ana María Rodas probablemente no se relacionó con los otros miembros del grupo, debe ser considerada como miembro del mismo por varias razones. En primer lugar, es coetánea y contemporánea. Poemas de la izquierda erótica fue publicado en la misma década. Su literatura fue impactante, a tal grado que provocó una serie de imitaciones de poesía femenina, feminista o escrita por mujeres, que aún es palpable hoy día.
El contenido temático y la técnica poética provenía de las tendencias más novedosas del continente, casi a la par de las tendencias europeas y estadounidenses. Poemas de la izquierda erótica plantea el problema fundamental de la autodefinición de la mujer, y la igualdad entre ésta y el hombre. Poco o nada tiene que ver la autora con Asturias o con Otto René Castillo; pero su aporte y los recursos textuales que se le asimilan ahora, son más cercanos a las características de Morales, Flores, Arias y De Lión.
En conclusión, la Generación del Nobel se caracteriza por iniciar sus publicaciones en la década de los setenta, reaccionando tras la entrega del Premio Nobel de Literatura a Miguel Ángel Asturias en 1967. Los libros producidos en esa época, rompieron con la temática y con las técnicas literarias que se manejaban hasta entonces en Guatemala, renovando las letras e introduciendo tendencias contemporáneas que se aplicaban en el resto del mundo.
4. Generación del terremoto
Paralelo a la Generación del Nobel, un grupo se había articulado con poetas provenientes en su mayoría del interior del país. Se trata del Grupo Nuevo Signo, que para 1968 estaba realizando el primer comunicado oficial.
Pese a que el año de formación de este grupo es próximo a la entrega del Premio Nobel a Asturias, Nuevo Signo no se formó como reacción a este acontecimiento. Más bien, fue producto de la casualidad, tal como comenta Dante Liano:
A mitad de los sesenta, emigra a la ciudad de Guatemala el joven antigüeño Francisco Morales Santos. Escribe poesía pero tiene muy pocos conocidos en la capital. (14, 213)
Nuevo Signo, según Isabel de los Ángeles Ruano (2, 31), se formó en 1967, pero salió a luz pública un año después. Estaba formado por Francisco Morales Santos, Luis Alfredo Arango, Delia Quiñónez, Antonio Brañas, José Luis Villatoro y Julio Fausto Aguilera. Las edades de sus integrantes admiten un amplio rango de 17 años. Según Albizúrez y Barrios, sus características fueron:
2. Centra su actividad en torno a la poesía.
3. Carece de una sistematización grupal, en favor de una índole informal y amigable, a manera de tertulia literaria.
4. Carece de ideario estético e ideológico compartido por todos sus miembros, lo cual propicia la manifestación de diversos registros poéticos y distintas actitudes ante la realidad.
5. Constituye un importante medio para la consolidación cualitativa de autores que se han colocado hoy entre los más representativos poetas guatemaltecos.
6. A pesar de que poseen una fina sensibilidad social, rehuyen la condición panfletaria y se niegan a instrumentalizar su producción literaria. (2, 31)
Todos los poetas que conformaron Nuevo Signo, a excepción de Delia Quiñónez, ya habían publicado sus poemarios, principalmente Julio Fausto Aguilera, que había pertenecido al grupo Saker-Ti anteriormente. Sin embargo, las publicaciones fueron de escaso alcance y, para entonces, ya no había huellas de las ediciones.
Como se planteó anteriormente, el fenómeno editorial en Guatemala de la década de los sesenta, e incluso de los setenta, era paupérrimo. Escasas ediciones se realizaban, y casi no había espacio para los jóvenes escritores. Por tal razón, Nuevo Signo se formó en torno a la idea de publicar los poemarios de sus miembros. El año de su formación, se editaron Transportes & Mudanzas de Antonio Brañas; Barro pleno de Delia Quiñónez; Nimayá de Francisco Morales Santos; Guatemala y otros poemas de Julio Fausto Aguilera; Arpa sin ángel de Luis Alfredo Arango, y la reedición de Pedro a secas de José Luis Villatoro. Sin embargo, estas ediciones tampoco fueron de gran alcance. Nuevo Signo hacía el esfuerzo por ocupar los pocos lugares que Guatemala ofrecía para la difusión del arte:
Los miembros de Nuevo Signo utilizan cuanta institución cultural exista (Alianza Francesa, Instituto Italiano de Cultura, Bellas Artes, etc.) para propagar su poesía a través de innumerables recitales. Con nerudiana memoria, van también a los pueblos del interior del país, en donde presentan sus poemarios. Mientras tanto, siguen con la actividad que originó al grupo: la publicación de plaquettes de poesía. (14, 218)
Fue hasta 1970, que se publicó una antología de los integrantes, denominada Las plumas de la serpiente, que es la muestra más visible hoy día del grupo.
Pese a las fechas, cercanas a la generación anterior, Nuevo Signo presenta diferencias fundamentales con Flores, Morales, De Lión, Arias y Rodas. En primer lugar, la Generación del Nobel daba preferencia a temas urbanos y más cosmopolitas. En cambio, Nuevo Signo, debido a que todos sus miembros provenían del interior del país, constituía una poesía bucólica.
Otra diferencia fundamental es que Nuevo Signo no tiene reminiscencias de la literatura de Asturias; pero, aún más, es que el grupo de poetas se mostró afín a la no confrontación política ni social. De hecho, su poesía y sus declaraciones rehuían de ese conflicto:
Que son tiempos duros se nota desde la primera línea, cuando Mejía se apresura a declarar que “Nuevo Signo” carece de articulaciones organizativas: “sin estatutos, ni burocracia, ni sectarismos”. La polisemia de las tres carencias apunta hacia blancos que podemos inferir con facilidad. A primera vista, delante de las fuerzas represivas, el ensayista salva a sus compañeros de cualquier sospecha ideológica, sobre todo en la palabra clave: “sectarismos”. En la demonología guatemalteca, tal extremo puede achacársele sólo a la izquierda. Probablemente hay, también, una velada alusión, sea a los grupos tradicionales de la izquierda que a los jóvenes guerrilleros de las FAR, que en esa época conocen su mayor apogeo. La militancia armada exigía otro tipo de concepción de la literatura: un arte al servicio de los ideales que guiaban a la organización. (14, 215)
De hecho, sólo Roberto Obregón estuvo vinculado con la insurgencia (al contrario del grupo anterior, que la mayoría pertenecía, o simpatizaba, al menos, a ella). Seis meses después de la publicación de Las plumas de la serpiente, Obregón es uno más de los que desaparecieron forzosamente de Guatemala, para nunca más saber de él. Nuevo Signo, que no era un grupo de confrontación, se desarticula:
La “desaparición” de Obregón cae como un rayo sobre todos los miembros del grupo poético. La primera reacción, de incredulidad y cólera, se manifiesta en una protesta publicada en los periódicos el 11 de julio siguiente. Pero Obregón no aparecerá nunca, no obstante los esfuerzos de sus padres por obtener noticias de las autoridades. El grupo Nuevo Signo se disuelve inmediatamente, sin recuperarse del trauma causado por tan grave pérdida. (14, 219)
En términos generales, se puede resumir esta etapa de Nuevo Signo como de poco impacto para las letras nacionales, pues su producción visible hoy día se reduce a un libro publicado, pues los plaquettes y las lecturas poéticas no dejaron huellas. Posteriormente, los poetas de Nuevo Signo intentaron reunirse, haciendo publicaciones conjuntas de libros y de revistas, pero ya no tenían la misma cohesión del inicio. Los miembros de Nuevo Signo continuaron publicando por cuenta propia, avocándose principalmente a las editoriales gubernamentales.
Por su parte, otros grupos también se encontraban presentes dentro de la actividad literaria de Guatemala. Uno de ellos fue el denominado La Moira, formado por René Acuña, Manuel José Arce Leal, Luz Méndez de la Vega y Carlos Zipfel y García. Con edades muy disparejas, éstos se reunieron en torno a la carrera de Letras que ofrecía la Universidad de San Carlos de Guatemala. Como partes del grupo, no lograron ninguna publicación. Un aspecto relevante de La Moira es que se enfocó en el teatro. De ahí, es que uno de sus miembros, Manuel José Arce, es uno de los principales dramaturgos del país.
De la misma forma, el Grupo Galera reunía a otros poetas, como los ya mencionados Enrique Noriega y Luis Eduardo Rivera, que tras publicar tímidamente en los setenta, ya no pudieron hacerlo más; más bien, lograron publicaciones en México hasta la década posterior. Ottoniel Martínez y Roberto Monzón completaban el grupo. El grupo se basaba en la reunión para talleres de escritura, cuyos ejercicios no tuvieron impacto en las editoriales. La mayoría del grupo busca en México el espacio para continuar su carrera literaria.
Otros poetas, como Margarita Carrera o Isabel de los Ángeles Ruano, también tenían contacto con los tres grupos anteriores, participando en lecturas de poesía o realizando sus plaquettes en busca de poderlos publicar.
El factor común de los tres grupos y de los poetas de esta época, fue la dificultad que tuvieron para poder publicar en Guatemala. También, a diferencia de la Generación del Nobel, estos poetas no estuvieron vinculados a la insurgencia, y su literatura (con predominio casi exclusivo de la lírica) no era confrontativa. Sí poseía un componente social, que recogía el sentir del pueblo, pero nunca alcanzó niveles de choque contra los grupos de poder, ni mucho menos fueron panfletarios. Probablemente, esto era producto de los ya más de diez años de que los gobiernos implementaran políticas contrainsurgentes.
La misma política contrainsurgente era una de las principales motivaciones para el cierre de los espacios en editoriales, sobre todo las privadas. En cuanto a las gubernamentales, era fácil mantener el control de quién publicaba y qué contenido, por lo que la literatura debió, para sobrevivir, abstenerse de contenidos comprometedores.
De acuerdo con el informe Guatemala: Nunca Más, el gobierno del general Kjel Laugerud quiso impulsar un Plan de Desarrollo 1975-1979, que, a su vez, promovía menor tensión social y apertura de los espacios. El movimiento sindical se fortaleció, promoviendo intensas huelgas, lo cual no era posible en años anteriores.
Aún más, a la llegada del terremoto de 1976, se necesitó organizar a la población para iniciar la reconstrucción; de tal forma, que la organización social, que para entonces era catalogada como “subversiva”, fue posible en ese momento.
Socialmente, pues, se produce un cambio, y es el de gozar de mayor libertad social, especialmente para la organización. El gobierno se enfocó en la reconstrucción, descuidando su lucha contrainsurgente. Según los informes de esclarecimiento histórico, la guerrilla guatemalteca gozaba del mejor momento para poder hacer un golpe para derrocar al gobierno, y alcanzar el poder; pero había una tregua tácita que motivó a no hacerlo.
Este auge de la organización social también debió de haber impactado en ese “caldo” de poetas que buscaban por todos lados el poder publicar. Ése fue el contexto con el cual se formó el grupo denominado RIN-78 (el número refiere el año de su fundación). Al igual que Nuevo Signo, este grupo se formó por jóvenes escritores que no tenían formación en común, pero que los unía el deseo de publicar:
RIN 78, curioso grupo de escritores, en su mayoría novatos, quienes, enfrentados a las dificultades de edición propias del medio guatemalteco, decidieron, en 1978, sacar a luz, en reducida tirada, obras de los miembros del grupo, financiadas por contribución de todos ellos. Esta actividad ha permitido la difusión de textos importantes creados por autores de recientes promociones (2, 35)
A diferencia de Nuevo Signo, RIN 78 permaneció por más tiempo, alcanzando diez años de publicaciones. En un libro publicado en 1988, se puede observar la lista de libros y autores que el grupo publicó. Entre los autores beneficiados están: Max Araujo, Dante Liano, Amable Sánchez Torres y Ana María Riccica, publicados en 1978; Ligia Escribá y Franz Galich, en 1979; Méndez Vides, Sam Colop y Víctor Muñoz, en 1980; Lucrecia Méndez de Penedo y Carmen Matute, Miguel Marsicovétere, Mario Alberto Carrera, en 1981; Carmen Matute, Hugo Estrada, Francisco José Solares Larrave, Francisco Albizúrez Palma y Julio Fausto Aguilera, en 1982; Luis Aceituno, en 1983; Marco Augusto Quiroa, María Belem, Ana María Rodas y Carlos René García Escobar, en 1984; Luz Méndez de la Vega, Rolando Castellanos, Luis Alfredo Arango y Hugo Cerezo Dardón, en 1985, y Roberto Quezada, Isabel de los Ángeles Ruano y Juan Fernando Cifuentes, en 1988. Ahí se observa quiénes fueron los miembros de RIN 78.
Como se observa en los años, RIN 78 fue el grupo que logró sobrevivir la transición de los gobiernos miliares a la vuelta a la institucionalidad democrática. Para finales de los ochentas y principios de los noventa, nuevas editoriales se abrían para poder ofrecer espacios a los escritores, como es el caso de Artemis Edinter, Óscar de León Palacios, y la misma Editorial Cultura, del recién formado Ministerio de Cultura y Deportes.
Con base en los nombres que gozaron de las publicaciones de RIN 78, se observa que ahí confluyeron varios representantes de los grupos anteriores, como Luis Alfredo Arango y Julio Fausto Aguilera, de Nuevo Signo; Luz Méndez de la Vega, de La Moira; Marco Augusto Quiroa y Carlos René García Escobar, de la Rial Academia; Ana María Rodas, que se incluyó en la presente clasificación como parte de la Generación del Nobel, y hasta Isabel de los Ángeles Ruano, que no formó ningún grupo, pero los frecuentaba.
4.1. Conformación de la Generación del Terremoto
Lo anterior, puede ser tomado como el antecedente para la conformación de la generación. El terremoto de 1976 no influyó directamente para crear la conciencia de grupo de los escritores; pero, las condiciones sociopolíticas para después del él permitió la apertura de espacios, no sólo en lo literario, sino que a nivel general de la sociedad guatemalteca. A raíz del terremoto, se ideó un proceso de transición para la vuelta a la institucionalidad, que fue posible hasta la caída del gobierno del general Efraín Ríos Montt.
Fue durante el gobierno de Mejía Víctores que se convocó a una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una nueva Constitución, así como la convocatoria a elecciones generales. En ella, Marco Vinicio Cerezo Arévalo ganó la presidencia de la República.
Para la cultura, y particularmente para las letras, el gobierno de Cerezo Arévalo fue particularmente importante, por la creación del Ministerio de Cultura y Deportes, que, a su vez, trajo consigo la creación de la Editorial Cultura y de la institucionalización del Premio Nacional de la Cultura.
A mediados de los ochenta, la administración democristiana crea el Ministerio de Cultura y Deportes, entidad que traza los lineamientos de políticas culturales basadas en un criterio antropológico, y con tendencias democratizantes, descentralizadoras e incluyentes, como parte de una estrategia de apertura e imagen que internacionalmente intenta dar credibilidad al país. Resulta innegable que a partir de este gobierno, se abren los espacios para la expresión de opiniones y la actividad artística de alguna manera reanuda un proceso, no extinguido, pero sí disminuido por una censura indirecta y por la autocensura. (16, 11)
A raíz de todo ello, la literatura guatemalteca ya no se vio tan envuelta en problemas de publicaciones, pues las editoriales poco a poco han ampliado la cobertura para la edición de autores nacionales.
Confluyen, pues, en estos años la gran serie de escritores que esperaron por muchos años el momento para publicar, desde los integrantes de Nuevo Signo, hasta los de RIN 78. Por tal razón, las diferencias de edades eran enormes, pero la mayoría, técnicamente, habían permanecido inéditos durante los años de regímenes militares.
No conforman, pues, una generación con coincidencias en la formación, ni en el año de su nacimiento, ni adoptaron un lenguaje generacional. El estilo de cada uno de ellos era tan diverso, que no es posible plantearse características en común.
Sí se puede decir que rehuyeron de la temática del conflicto armado; buscaron una renovación de la literatura, pero no incluyeron técnicas novedosas (salvo excepciones). El rasgo común que los caracteriza es su deseo de publicar y de buscar los medios ante el cierre de los espacios.
Al darse la transición democrática, los puestos que se crearon para escritores, como, por ejemplo, en el Ministerio de Cultura, fueron ocupados por los integrantes de esta generación, pues las anteriores, como la Generación de la Revolución y del Nobel, pues la mayoría de ellos se encontraba fuera del país, en calidad de exiliados.
Francisco Morales Santos, Juan Fernando Cifuentes, Francisco Albizúrez Palma, Carlos René García Escobar, entre otros, ocuparon puestos importantes, desde donde abrieron espacios para las publicaciones. Por su parte, RIN 78 perdía su razón de ser, pues era un grupo al que les unía el derecho de publicar.
Cifuentes ocupa un puesto especial, pues fue quien promovió la apertura de la Editorial Cultura; por su cuenta, fundó la Editorial Palo de Hormigo, en donde confluyeron varios escritores de RIN 78, reeditándoles las obras de los años ochenta.
A esta generación también se le debe la creación del Premio Nacional de Literatura, que empezó en 1988 a condecorar a quienes supuestamente eran los mejores escritores nacionales. Los primeros premiados fueron miembros de la generación, como Luis Alfredo Arango (1988), Dante Liano (1991), Luz Méndez de la Vega (1994), Margarita Carrera (1996), Francisco Morales Santos (1998), Mario Alberto Carrera (1999), Ana María Rodas (2000), Isabel de los Ángeles Ruano (2001) y Julio Fausto Aguilera (2002).
Sólo cuando un autor “exiliado” aceptaba venir a recibir el premio, no se premió a un miembro de la generación; tal es el caso de Carlos Solórzano (1989), Otto-Raúl González (1990), Enrique Juárez Toledo (1992), Mario Monteforte Toledo (1993) y Augusto Monterroso (1997), quienes al venir al acto de homenaje, reforzaban más el proceso de transición democrática, puesto que habían emigrado por el conflicto armado, y, al regresar, se lanza un mensaje de aceptación de la institucionalización de la democracia.
Es interesante la postura actual de que los miembros de la Generación del Nobel han sido los últimos premiados, puesto que habían sido de cierta forma olvidados.
En general, la Generación del Terremoto fue un grupo heterogéneo que surgió a raíz de la apertura de los espacios culturales que fueron consecuencia del proceso de institucionalización democrático, el cual se vio acelerado con la llegada del terremoto de 1976. Dentro de este grupo, cabe mencionar a una gran lista de autores, de edades muy dispersas, pero que coincidieron en las fechas de sus primeras publicaciones formales (1978-1988).
Una lista más o menos completa puede ser la siguiente: Julio Fausto Aguilera, Luis Alfredo Arango, Antonio Brañas, Francisco Morales Santos, Delia Quiñónez, José Luis Villatoro, René Acuña, Manuel José Arce Leal, Luz Méndez de la Vega, Carlos Zipfel y García, Margarita Carrera, Alaíde Foppa, Isabel de los Ángeles Ruano, Francisco Albizúrez Palma, Max Araujo, Cristina Camacho Fahsen, Hugo Cerezo Dardón, Juan Fernando Cifuentes, Hugo Estrada, Dante Liano, Carmen Matute, Adolfo Méndez Vides, Enrique Noriega, Ottoniel Martínez, Roberto Monzón, Luis Eduardo Rivera, Carlos René García Escobar, René Leiva, Marco Augusto Quiroa y Luis Aceituno, entre los más relevantes.
5. Generación de la Paz
5.1. Ínterin de las generaciones
Antes de proseguir con la clasificación, es importante dar cuenta de los traslapes que existen entre las generaciones literarias de Guatemala. Los miembros de la Generación de la Revolución continuaban publicando, especialmente en México, como el caso de Otto-Raúl González, o Augusto Monterroso, que fue publicado incluso por las grandes editoriales españolas. Incluso, estos autores fueron traducidos a distintos idiomas, algunos tan insospechados como el latín. De hecho, la producción literaria de estos fue tan prolífica, que incluso alcanzaron el Siglo XXI, estando catalogados por la crítica mundial con técnicas afines a la literatura contemporánea de tendencias posmodernas.
Por su parte, la Generación del Nobel continuó con las publicaciones, especialmente en México. La importancia de estos escritores, valorados aún más en los últimos años, ha hecho que las editoriales realicen nuevas reediciones de los textos, pues las primeras publicaciones, debido a la clandestinidad en que salieron al mercado, hicieron que prácticamente no se encontrara copia alguna.
La Generación del Terremoto gozó de la paulatina apertura editorial, que poco a poco fue cubriendo sus necesidades. Desde la creación de la Editorial Cultura, hasta la aparición de editoriales privadas más recientes, como Artemis Edinter, Piedra Santa, F&G Editores, Palo de Hormigo, Letra Negra, Ediciones del Pensativo, por mencionar las más activas, se ha abarcado las necesidades editoriales de los distintos escritores.
Socialmente, el proceso democrático va avanzando, y la institucionalidad logra sortear el autogolpe de Jorge Serrano Elías. Todo ello va configurando mayor apertura a nivel general. Fecha clave, no sólo para Guatemala, sino para el mundo hispano, fue la conmemoración de los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a América, efeméride que trató de valorar las dos partes involucradas: la España conquistadora, y el mundo indígena latinoamericano vencido.
Desde años atrás a la fecha de tal conmemoración (1992), se empezó a valorar el mundo indígena latinoamericano, especialmente la de los países que vivían procesos de guerra interna y dictaduras. El caso de Guatemala no fue la excepción.
Figura particular para Guatemala fue Rigoberta Menchú Tum, que logró atraer la mirada de la comunidad internacional hacia el país. Literariamente, impulsa la tendencia de la literatura testimonial, con un libro escrito por Elísabeth Burgos en París, con la historia de su vida contada por ella misma.
Este libro, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, ganó el Premio Casa de las Américas de La Habana, Cuba, en la categoría de literatura testimonial en 1983. Tres años atrás, Los días de la selva del guatemalteco Mario Payeras había ganado la misma categoría de tal premio.
Paralelamente, en Estados Unidos recibía la llegada de intelectuales guatemaltecos exiliados, como los miembros de la Generación del Nobel (Morales, Arias, entre otros), así como de cientos de desplazados indígenas de Guatemala. En gran parte, reconociendo la “culpa” por haber financiado la “guerra sucia” en nuestro país, se inicia la presión para que se logre la institucionalidad en Guatemala, y, por otro lado, a reconstruir el tejido social que se había perdido durante el conflicto armado interno. Se apoyó a varios intelectuales indígenas que se encontraban exiliados en Estados Unidos, para que éstos realizaran estudios de doctorado, y se dedicaran a la investigación de los distintos aspectos de la cultura indígena.
De esa cuenta, surgen autores como Gaspar Pedro González o Víctor Montejo, quienes primero realizan recopilaciones de cuentos indígenas, publicándolos en la lengua natal, luego en traducciones al inglés, y por último al español. Dentro de Guatemala, no se desentendió de este proceso, impulsando la publicación de literatura indígena. Tal fue el caso de Humberto Ak’abal, que en 1990 logra su primera publicación, precisamente con la Editorial Cultura, recién formada para entonces.
La literatura indígena vino a reafirmar aún más la apertura editorial que se estaba viviendo en Guatemala, lo que vino a contribuir al proceso de democratización. De la misma forma, hay que destacar los esfuerzos de la reinterpretación de la historia, con las publicaciones de Guatemala: Nunca más y Guatemala, memoria del silencio, que pretendían esclarecer los hechos ocurridos desde la Reforma Liberal en Guatemala, pero especialmente durante el conflicto armado interno.
Desde la reaparición de los gobiernos civiles en 1986, debieron pasar diez años para que se cumpliera la demanda más fuerte de la comunidad internacional: la firma de la paz, hito que desencadenaría otro acontecimiento importante para la literatura nacional.
5.2. Configuración de una nueva generación
La Firma de la Paz ocurrió el 29 de diciembre de 1996, luego de una década de relativa paz. De hecho, como se ha explicado, desde 1976 se intentó promover esa democratización, con excepción de los gobierno de Romeo Lucas García y Efraín Ríos Montt, que, por sí mismos, fueron los más violentos de todo el conflicto armado.
Para 1996, existía una mayor tolerancia hacia las distintas ideologías, así que surgieron muchos escritores que exigían sus espacios en las editoriales, sólo por el hecho de haber “sobrevivido” a la guerra interna. También, surgía una serie de jóvenes escritores empezaron a enfrentarse a las batallas para lograr las publicaciones, espacios que, aunque cada vez mayores, estaban ciertamente ocupados por la generación anterior.
Nuevamente, el factor editorial es determinante para la configuración de la literatura guatemalteca, ya que existe en ese momento un choque generacional entre los “sobrevivientes” de la guerra, que esperaron mucho tiempo por esta apertura editorial, y los jóvenes escritores.
Un aspecto importante por señalar es que estos nuevos literatos coincidían, más que ningún otro grupo antes en la literatura guatemalteca, en edad. Más o menos, para 1996, estaban alrededor de los 20 años. En otras palabras, quiere decir que la fecha de su nacimiento ocurre alrededor de 1976, fecha clave para la Generación del Terremoto.
En términos sociopolíticos, los jóvenes escritores percibieron poco o nada del conflicto armado interno, pues, si mucho, habrían vivido los últimos años, y probablemente no la vieron de cerca ni recuerdan nada.
La Firma de la Paz supone, pues, un paso interesante en la historiografía de la literatura guatemalteca. Una nueva generación reaccionaría y tomaría conciencia a partir de este hecho. Pese a que la generación es aún muy reciente, y que para el momento en que se escribe esto aún están en plena actividad literaria, se explicará algunas de las características ya visibles de la Generación de la Paz, llamada así por surgir precisamente luego de la Firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala.
5.3. Una publicación clave
Para el 2001, Rossana Estrada Búcaro y Romeo Moguel Estrada presentaron una compilación de poesía, denominada Voces de posguerra, que había sido reunida mientras realizaban su trabajo con la Fundación Guatemalteca para el Desarrollo del Arte (FUNDARTE), entidad creada a raíz de la Firma de la Paz.
Tras la firma de la paz, muchos escritores se animaron a sociabilizar sus trabajos, no porque contuvieran elementos de política partidista, sino porque el ambiente se volvió más propicio para la expresión, que los años anteriores (10, 6)
Casi sin quererlo, los compiladores lograron reunir en esa edición a la mayoría de poetas que poco a poco se fueron posicionando como los miembros de la Generación de la Paz. Más de 80 poetas fueron reunidos en esa compilación. Varios de los nombres ahí incluidos son quienes actualmente están activamente involucrados como autores jóvenes de la Generación de la Paz: Pablo Bromo (1977), Maurice Echeverría (1976), Alejandro Marré (1976), Alan Mills (1979), Javier Payeras (1974) y Simón Pedroza (1973).
Tres autores que forman la generación, y talvez de los más importantes, no están incluidos en Voces de posguerra, pero eso no les impide ser parte del grupo: Ronald Flores (1973), Eduardo Halfon (1971) y Estuardo Prado (1971).
Fue este último uno de los artífices de congregar a varios de estos autores en la denominada Editorial X, una suerte de editorial al estilo de RIN 78, que buscaba publicarse a sus miembros. Sin embargo, este intento no tuvo mayor éxito.
Sin embargo, a diferencia de RIN 78 y Nuevo Signo, la Editorial X sí tenía características comunes, que luego se proyectarían al resto de los contemporáneos.
La Editorial X fue uno de los esfuerzos más visibles de publicación. Asimismo, existía Mundo Bizarro, fundado por Simón Pedroza, creyente de las ediciones artesanales de autor, como solución al problema editorial. Otros grupos se congregaron alrededor de revistas de poca difusión, como Los que escriben, o en torno de talleres de poesía, principalmente los impartidos por Enrique Noriega y Marco Antonio Flores.
Al final de cuentas, a la Editorial X acudieron Estuardo Prado, como su fundador, Ronald Flores, Maurice Echeverría, Javier Payeras y Simón Pedroza. Ellos se caracterizaron por una literatura que incluyera los conflictos de la sociedad actual: drogadicción, indigencia, pocas oportunidades, ultraurbanismo, vida light, posmodernidad, consumismo, homosexualidad, etc.
Al fallar el intento de continuación de la Editorial X, estos cinco autores ya se habían consolidado. Rápidamente, el resto de los escritores, Mills, Bromo, Marré, asumieron las mismas tendencias, actualmente, se puede incluir entre estos a Julio Serrano (1984) y Wingston González (1986), que con menor edad, actualmente se relacionan con este grupo germinal.
Por su parte, Eduardo Halfon, más conocido en el exterior que aquí, no tiene una relación tan directa con el grupo, pero sus características literarias son muy cercanas a ellos. De la misma forma, Rodrigo Rey Rosa (1958), muy lejano a la generación por cuestiones de edad y porque no vive en el país, sí podría ser incluido en este grupo, pues muestra en sus novelas la sociedad guatemalteca del posconflicto armado interno.
5.4. Características generacionales
Como se puede observar, existe una asombrosa coincidencia en la cercanía de las fechas de nacimiento, entre 1971 y 1979. Esta condición de coetáneos les permite, además, formar lazos de amistad, que fomentan aún más las discusiones sobre temas literarios y el apoyo para la publicación.
Estuardo Prado lideró el grupo, fundando la Editorial X. Sin embargo, la falta de recursos y las deficiencias en la distribución hicieron que las ediciones pasaran casi inadvertidas. Hoy día, pese a la cercanía en años de la publicación, es casi imposible conseguir un libro de esta editorial.
Prado logró dar cohesión al grupo, por lo que podría considerársele como el “caudillo”, aunque, comparándolo con sus homólogos de las otras generaciones, podría quedar corto. La Editorial les dio impulso, pero al mismo tiempo, los autores participan en concursos literarios, que, al ganarlos, gozan del prestigio y de los incentivos editoriales que esto representa. Pronto, las editoriales se abrirían a estos jóvenes escritores, restándole importancia al cierre de la Editorial X.
Pese al fracaso, esta editorial está identificada como la principal responsable de formar este grupo. De tal suerte, como se observó en una clasificación anterior, atribuida a Juan Fernando Cifuentes, se le denomina Generación X, en honor de esta editorial.
Como parte de la formación, los miembros de esta generación coincidieron en los estudios de la carrera de Letras o Filosofía en las universidades privadas del país. Anteriormente, la Universidad de San Carlos era el centro de reunión para quienes querían proseguir estas carreras, pero, a partir del nuevo orden de la sociedad, la universidad estatal perdió la hegemonía que tenía en cuanto a acaparar a los estudiosos de la literatura.
En cuanto al lenguaje generacional, muestran características muy sólidas entre sí. Específicamente, coinciden en cuanto a la temática y en el deseo por transgredir las reglas literarias, en búsqueda de nuevas formas textuales. Incluso, han llegado a prescindir del libro, instrumento casi exclusivo para la difusión de la literatura, y se han embarcado a aventuras con nuevas herramientas. La Internet es una de las nuevas vías que utilizan estos nuevos escritores, que les ayuda a tener un contacto con lectores más inmediato, pues, pese a la apertura, la producción editorial continúa siendo muy limitada.
La primera, y las más resaltante, es, además, contradictoria con su nombre de Generación de la Paz, pues prácticamente se había consolidado, no por la Firma de la Paz, sino por la ausencia de guerra. Incluso, llegan a rechazar el conflicto armado interno, como si no hubiese ocurrido:
El conflicto armado, no lo vi, no lo viví, no me interesó (...) La guerra había transcurrido en mi casa, metida en las noticias de Aquí el Mundo, o en las fotos blanco y negro que mostraban entre programa y programa, denunciando “delincuentes guerrilleros”. Eran tiempos de fundamentalismo televisado y toques de queda. La guerra para mí olía a café instantáneo, pan dulce y mi vieja hablando con sus vecinas sobre los “malditos comunistas”. (...) Cuando me enteré de la guerra, ya se había terminado. En la universidad no se hablaba de guerra, se hablaba de libre mercado, los catedráticos no tocaban el tema. (20, 22-23)
Fue una etapa áspera, 1996 terminaba. Silvana me mandó una postal un mes después, felicitándome porque mi país había firmado los Acuerdos de Paz ¡Qué me importaban los Acuerdos de Paz y las puterías del gobierno! Yo la quería a ella. (20, 43)
También, la literatura es completamente urbana; sin embargo, la visión que se tiene de la ciudad es completamente deprimente, a tal punto que se le desprecia:
Un rápido tour por el Centro Histórico: trasvestis, cocaína, niños de la calle, ladrones, violadores, hijos de violadores, putas, hijos de puta y policía —a veces todos ellos en la misma persona—; cumbias en restaurantes chinos, pastores evangélicos gritando y gritando, ventas de tacos y carnitas: la hermandad de pepenachencas, registrabolos y buscavelorios que se hacen visibles pasadas las nueve de la noche. Guatemala city (según los catálogos del INGUAT) Aleluya. El país progresa, se ve, ¡comercio, pujante comercio! (20, 13)
La temática del sexo se muestra sin ninguna restricción ni tabú. Incluso, se busca el choque en ello, como una estrategia de marcar las separaciones generacionales, especialmente para quienes leen:
Una noche, Mayarí vio a Viernes tan dolido que decidió ofrendarle su virginidad. Mayarí estaba por cumplir quince años y sentía un ardor sexual incontenible. Mientras su hermano le hablaba de una estela cuya inscripción estaba por descifrar, Mayarí se le aproximó seductoramente y, de la nada, lo besó. Viernes sintió algo que lo cegó y lo arrastró, lo hizo estremecer y perder el control. Cuando Viernes volvió en sí, se dio cuenta que estaba besando a su hermana, que con arrebato se despojaba de su ropa. Aunque titubeó, Viernes sabía que la cópula entre hermanos fue una costumbre imperial: desde Egipto, pasando por Roma, hasta alcanzar el imperio aborigen. Mientras ambos se entregaban a los deleites del sexo oral, Viernes consideraba que no había nada malo en que dos hermanos expresaran su cercanía de esa invertida manera. (12, 177)
El calor aprieta. Alejandra espera en la farmacia. Un hombre pide un condón, y Alejandra se ríe para sus adentros —hace mucho tiempo que no necesita de uno, de un condón, de un hombre (8, 12)
Cómo hubiera deseado haberme podido masturbar como cualquier mortal. Pero no. Mis papás tenían que circuncidarme. Recuerdo el silencio de la noche cuando me masturbé por primera vez (20, 41)
En este mismo sentido, como muestra de su tolerancia en temas sexuales, ofrecen visiones bastante abiertas en torno a la homosexualidad:
Ese viernes llegó puntual. Iba impecablemente vestido y acompañado de un chico rubio, con el pelo cortado muy a la moda y de facciones marcadamente femeninas. Supe de lo que se trataba, pero no me incumbía. Tiempo después me lo encontré en un supermercado. Intentaba sacar dinero de un cajero automático. Ya no se parecía mucho, estaba extremadamente flaco y se había depilado las cejas. Esperó que la máquina vomitara dinero y se fue corriendo hacia un BMW. Adentro estaba un hombre calco, algo viejo, que arrancó el carro salieron tranquilamente del parqueo.
Hace 15 días me enteré que Elliot murió de sida. Fue algo penoso, realmente penoso. (20, 48)
Alquilaron películas porno con lesbianas de todos los colores, luego se hundieron en una cogida insolente y calculada.
La encerrona duró tres días. Una cosa de no bañarse, de no comer, de sudar como grandes dementes... Cuando Irene se excita le cambia notablemente el color del cuerpo, y eso excita a su vez a BB (así le llamaremos, para no sacrificar su buen nombre al chisme nacional). (8, 11)
La drogadicción es otro tema que asumen con plena naturalidad:
Agarró sus ochocientos quetzales y los distribuyó por orden de prioridades: 400 quetzales en crack, 300 de la renta de la casa, y lo demás en comida. (21, 17)
Contradictoriamente, se ha denominado a esta la Generación de la Paz. Sin embargo, se refiere a un grupo que refleja en buena medida la violencia que vive Guatemala tras el conflicto armado interno:
Un muchacho alto y bien vestido sale de la discoteca. Tras él una hermosa rubia con una minifalda muy corta y unas piernas muy largas. No tardan en salir dos empleados de seguridad y un mesero. El mesero le da alcance y se pone a reclamarle algo. Los de seguridad que no le llegan a los hombros al muchacho, lo amenazan tibiamente. El chico parece violentarse y quiere irse contra el mesero. Los guardas se interpone (sigue la música y una de las chicas del Toyota está vomitando). El muchacho, hecho un energúmeno, mete la mano entre su chaqueta de cuero; relumbra una pistola en el cinturón. Los de seguridad se alarman. Únicamente saca su chequera y tira cinco billetes al piso. El mesero recoge el dinero humildemente. El muchacho alto y bien vestido saca la escuadra y le dispara tres veces. (20, 49-50)
6. Conclusiones
Luego del análisis del presente trabajo, es importante resaltar las siguientes ideas:
La clasificación de la literatura guatemalteca basándose en el criterio de las generaciones, es importante, pues permite establecer similitudes y diferencias entre los escritores de una misma época; asimismo, proporciona un esquema didáctico que ayuda para la clasificación y la enseñanza de la misma.
Sin embargo, tal y como se ha aplicado hasta ahora, de generaciones por cada década, el sistema ha sido poco funcional, ya que este esquema no cumple con las características mínimas para que los grupos analizados puedan entenderse como generaciones.
Por tal razón, una reorganización de las generaciones literarias de Guatemala es necesaria, siguiendo de cerca las características señaladas por Petersen para la conformación de éstas.
Como una de las características más importantes de la teoría de Petersen que hay que señalar en la nueva clasificación, está el encontrar el acontecimiento histórico que provocó un estado de conciencia colectivo entre los escritores de cada una de las generaciones que se establezcan.
De esa forma, se propuso que en Guatemala, desde los años de la independencia, han existido las siguientes generaciones: Generación de la Independencia, surgida con la emancipación de Guatemala con España; Generación de los Conservadores, surgida con el rompimiento de la Federación Centroamericana, la creación de la República de Guatemala, y el inicio del período de gobiernos conservadores; Generación Liberal o Generación de París, surgida a partir de la Reforma Liberal de 1871; Generación de la Revolución, surgida con los movimientos de 1944, y alimentada por los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz Guzmán; Generación del Nobel, surgida tras la entrega del Premio Nobel de Literatura a Miguel Ángel Asturias y el asesinato de Otto René Castillo; Generación del Terremoto, surgida por el proceso de apertura democrática en Guatemala tras los gobiernos militares de las décadas de los sesenta y setenta, cuya transición hacia los gobiernos civiles fue acelerado por la urgencia de la reconstrucción nacional tras el terremoto de 1976, y la Generación de la Paz, surgida tras la Firma de la Paz y el fin del conflicto armado, generación vigente en la actualidad en las letras nacionales.
Debido a los alcances y límites del presente texto, sólo se analizaron las construcciones de la Generación del Nobel, Del Terremoto y De la Paz.
La Generación del Nobel se caracterizó por innovar en las técnicas literarias y por ser militantes (o al menos simpatizantes) de la insurgencia. Iniciaron sus publicaciones en la década de los setenta, y por buscar opciones de continuar su carrera literaria en México, Estados Unidos, Francia y España.
La Generación del Terremoto se fundamentó en la necesidad de los escritores de publicar, ante la censura y poca apertura de editoriales por el conflicto armado interno. No guarda cohesión de características literarias entre sus miembros, pero se compensa por las motivaciones de publicar. Lograron abrir espacios importantes para las letras nacionales de la actualidad, como el Ministerio de Cultura y Deportes, la Editorial Cultural, el Premio Nacional de Literatura y editoriales privadas.
La Generación de la Paz surge en el choque generacional entre los jóvenes escritores que vivieron poco o nada del conflicto armado interno, con los escritores de las generaciones anteriores que sufrieron la guerra interna. Se caracterizan por la inclusión de técnicas narrativas y poéticas de la actualidad, así como temáticas más acordes a las sociedad contemporáneas.

1 comentario:

geybi dijo...

Esta información es muy valiosa. Necesito utilizarla para una investigación de la universidad pero debo escribir la bibliografia. Me podrías ayudar? talvez me la podrias proporcionar. gracias.